Sentarse a esperar la muerte.
El paso del tiempo, inevitable incluso por encima de la muerte; es quizás aquello que más puede afectar la mente. Los días, tan rápidos como pasajeros, se van apurados por las ventanas y sólo dejan tras de sí, la sensación de los momentos perdidos. Los vividos se guardan en anaqueles empolvados y para la mayoría, la tortura de todo aquello que no volverá jamás es un sonido que se repite hasta la saciedad. Conocí a dos personas, en sus palabras, en su voz, en su finca en medio de donde crecí. Allí, después de llegar de Alemania hace 10 años. Sin un motivo más allá de morir viendo algo más que un par de paredes y una carretera de gente que pasa ignorando quien les observa. Tampoco hay mucho más que ver, pero al menos un perro les lame las manos de vez en cuando y los monos beben agua de una piscina a la que la suciedad va ganando poco a poco. El, rumano. Ella, alemana. El, con un español que desconoce un poco un poco los artículos gramaticales pero que dice aprendió bastante rápido po...