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Sentarse a esperar la muerte.

El paso del tiempo, inevitable incluso por encima de la muerte; es quizás aquello que más puede afectar la mente. Los días, tan rápidos como pasajeros, se van apurados por las ventanas y sólo dejan tras de sí, la sensación de los momentos perdidos. Los vividos se guardan en anaqueles empolvados y para la mayoría, la tortura de todo aquello que no volverá jamás es un sonido que se repite hasta la saciedad.
Conocí a dos personas, en sus palabras, en su voz, en su finca en medio de donde crecí. Allí, después de llegar de Alemania hace 10 años. Sin un motivo más allá de morir viendo algo más que un par de paredes y una carretera de gente que pasa ignorando quien les observa. Tampoco hay mucho más que ver, pero al menos un perro les lame las manos de vez en cuando y los monos beben agua de una piscina a la que la suciedad va ganando poco a poco.
El, rumano. Ella, alemana. El, con un español que desconoce un poco un poco los artículos gramaticales pero que dice aprendió bastante rápido por las coincidencias del rumano; ella, musita unas pocas palabras en español pero en su mayoría habla en alemán mirándote a la cara, como suponiendo que de alguna forma entenderás sus palabras. Son amigos de mi padre, clientes a los que les colabora pagando algunas facturas o consiguiéndoles medicamentos. No son los primeros ancianos europeos que conozco y son tal vez una versión muy similar a una pareja con la que viví dos semanas en Francia, en esa situación al igual que esta vez, él hacía bromas en español y ella lo regañaba en una mezcla de francés e italiano. Se ríen de mi pelo desordenado, el me pregunta mi edad y luego me trae una fotografía donde tenía el cabello muy similar. Nos cuenta como lo escondían y simula recoger el poco cabello blanco que le queda debajo de una capucha, si la policía los veía, los apresaba y se los cortaban seguido de una buena paliza. Nombre a Ceaușescu, como vieron su muerte por televisión.
Nos enumera los arreglos que hay que hacer en la casa, una casa que construyó con sus propias manos y 500 bultos de cemento. El rio Negro pasa a un par de metros y hace unos días inundo una parte del lote, la lluvia se colo por el hueco que unos titi han hecho en el techo. Tiene lista la madera en su taller, un taller en un cobertizo. Ordenando con una meticulosidad que no tenemos. Le pregunta mi padre cuando lo hará, se encoge en hombros y hace una mueca que es casi mía. Dice que después, que quizás un día después de mañana, o quizás el siguiente. ¿Para qué?, ¿para quién? Dice mirando a su esposa. Vuelve a hacer nuestra mueca y me deja esas preguntas dando vueltas en la mente.
Increíble la narración y las fotografías ✨
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